Mostrando entradas con la etiqueta los tercios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta los tercios. Mostrar todas las entradas

viernes, 7 de abril de 2017

Birra con Casabe: Los Tercios y Los Naiboa en concierto (Marzo 30, Teatro FEC)

Fotos: Pisirila

¿Son Los Tercios una banda de rock? Instrumentalmente no lo son. No hay sonidos eléctricos, ni tambores de batería retumbando con sus decibelios. Pero en cambio, hay una rebeldía, casi sacrílega, que se supone buscamos en las mejores agrupaciones del género. En contraposición, tenemos bandas que usan guitarra, bajo y batería, pero son de lo más inofensivas.

Los Tercios tienen la conformación típica de ciertos ensambles académicos experimentales, pero no son los auditorios, sino la calle, su espacio habitual. Pese a tener un esquema de contrabajo, cuatro y flauta, cuentan también con una voz en ocasiones metalera y unas letras jocosas, pero bastante ácidas. 

 A sus influencias folklóricas hay que agregar sus experimentos con estilos como el funk o el rock alternativo, sin necesidad de agregar instrumentos como la guitarra eléctrica. El cuatro acompañante, ejecutado por Alexis Silvera, es más que suficiente para esos menesteres.


Durante su presentación en el Teatro FEC de Parque Central (Caracas) Los Tercios mostraron un espectáculo lleno de elementos conocidos por todos, como la música folklórica, pero con un enfoque diferente. Su virtuosismo es envidiable, digno de una orquesta sinfónica, pero a ellos les sale mejor la improvisación que la rigidez de las partituras. Tienen mucho respeto por géneros folklóricos como el joropo o el golpe larense, pero asumen sus orígenes caraqueños, no pretenden ser de otra parte.

No obstante, todos esos elementos se pueden percibir con tan sólo escuchar los mp3 de esta agrupación, así como visualizando sus videos en youtube. Hay un elemento adicional, que es el elemento teatral. Todos los miembros son partícipes de una comedia en la cual brilla el humor nihilista. Es en ese tipo de humor, inspirado en hechos sociales como la devaluación o las catástrofes ambientales, pero sin intención alguna de adoctrinar, donde entra el elemento “punk”.

La puesta en escena de Los Tercios no requiere de más recursos que la presencia de los músicos y sus instrumentos. La flauta de Moisés Galué, se convierte, repentinamente, en el manubrio de una motocicleta o en la escopeta de un lancero paecista el cual nos recuerda, musicalmente, y adrede, a la canción “The Trooper” de Iron Maiden. Si la canción trata sobre la devaluación, los billetes de 2 bs caen como lluvia.


Cabe destacar que para este evento Los Tercios tocó totalmente desenchufado, no sólo por usar instrumentos acústicos, sino porque no usaron micrófonos ni ningún dispositivo para amplificar el sonido. Es posible que el auditorio se haya adaptado, por su resonancia y tamaño, a este tipo de presentación. De todas maneras, tienen el aval de haber hecho improvisadas sesiones callejeras mostrando su trabajo incluso en las busetas de la capital.

En una escena donde abunda el desfasado indie-rock, y donde lo mejor de la fusión suele estar dirigido a un público poco masivo, Los Tercios se muestran como exponentes de una música venezolana alternativa que quizás, por fin, comienza a surgir.

El joropunk también se come con casabe

Armando González contrabajista de Los Tercios, presentó previamente su proyecto paralelo Los Naiboa, con la cantante, actriz y cuatrista Eckaterina Guerra. En esta propuesta se maneja también el uso de recursos teatrales, pero eso sí, con menos orientación a la comicidad, y con predominio de lo actoral sobre lo musical.

Las composiciones de Los Naiboa, con líricas más existenciales, también muestran una nueva visión de la música venezolana. Pese a la utilización de compases propios de ritmos como el joropo, las melodías y las estructuras musicales provienen, sin duda, de la música rock. La guitarra de Armando se adapta al género, pero incorporando técnicas y escalas propias de estilos como el blues.


La propuesta de Los Naiboa es tan prometedora como Los Tercios, con sus diferencias, conserva ese espíritu renovador de la música venezolana, aunque sería interesante escucharlos con más instrumentos.

viernes, 5 de agosto de 2016

Opinión: Géneros y Etiquetas

Por Armando González (Los Tercios)



#Pop&Rock
Desde mediados del siglo pasado la moda entre los artistas contraculturales o de vanguardia o de fusión era conjurar las etiquetas como a cadenas opresoras. La frase acuñada era “mi trabajo no se puede etiquetar…” o “soy un artista que desafía las convenciones, a los que tratan de etiquetarme y limitarme yo les digo que…” y cosas por el estilo. Súbitamente, internet mediante, las etiquetas obtuvieron el abolengo del hashtag anglosajón y ahora todos (artistas o no) corren a por la suya, se la ponen en la cabeza y se fotografían orgullosos. De golpe y porrazo ya no queremos ser irrepetibles, reclamamos nuestra etiqueta. ¿Qué pasó?

A veces creemos que como es ahora ha sido siempre, que Pedro Picapiedra era obrero del neolítico y compraba comida rápida. Yo personalmente creo que no siempre la música ha tenido géneros. Lo que sí ha sido una constante histórica es que los humanos tienen distintos estados de ánimo. Las culturas se inventan palabras y actividades para estos estados de ánimo, así, más o menos, supongo yo, en cierta cultura, cierto tiempo, cierto lugar, las gentes, cuando se sentían festivas o tenían motivos para festejar, reunían aguardiente, comida, techo y música, comenzaban a reír, beber, bailar y cantar, y a eso le llamaron joropo. “¡Póngase las alpargatas que lo que viene es joropo!” es una frase muy fuerte como para referirse solamente a unas melodías, esto apunta más bien a una noche épica, como lo tiene que ser, en sentido cabal, una noche de joropo.


#Música
Hablando de música, hubo un tiempo en que existían unos lugares conocidos como disco-tiendas. En esa época la música venía en una plaquitas sintéticas circulares que llamaban discos y eran compradas allí. En los estantes se apilaba la mercancía y uno se ubicaba en el local siguiendo unos cartelitos que ponían con los nombres de los “géneros”. Eran estos unas etiquetas (vaya coincidencia) que rezaban: “rock”, “salsa”, “merengue”, “jazz” y así. Eso, a nivel semántico, funcionaba muy bien con Amanda Miguel, con Porfi Jiménez o con cualquier intérprete cuyas canciones se parecieran lo suficiente entre sí. También funcionaba muy bien fuera de la disco-tienda, y así los habían que decían que eran punks, otros que decían que eran metaleros y otros que decían que eran salseros y así. Era como si el mundo tuviera cierto orden divino ejecutado en base a los planes de las disco-tiendas ¡qué maravilla! pero no, o no del todo.

La música construye y expresa estados de ánimo. La cultura y los individuos expresan esos estados de ánimo de maneras cada vez más complejas a través de productos culturales. El caso de la música es especial porque sus productos culturales están asociados a ritos sociales: hay tambores de Naiguatá para terminar la fiesta de matrimonio y hubo marcha nupcial para iniciarla, hay mariachis para el día de la madre y rancheras o boleros para la resaca de ese licor llamado amor. Así las cosas, las distintas músicas pudieran ser etiquetas de distintos estados de ánimo. Estoy seguro que cualquiera me entendería si le digo “hoy me siento como una canción de Chavela Vargas” ¡pobrecito!

#AtardecerLlanero
Desde que se puede vender música, así, industrialmente, se venden también estados de ánimo. “No vendas zapatos. Vende pies bonitos” es la vieja conseja de los publicistas. Hay que decir que los estados de ánimo no son puros ni universales, sino que se sostienen en el marco general de referencias éticas y estéticas que manejan los individuos, y los individuos se agrupan, forman vínculos y, al compartir sus estados de ánimo, crean convenciones sobre qué y cómo sentir, y muy especialmente, cómo expresar lo sentido. De tal manera que si quieres vender estados de ánimo tienes que acudir a los espacios donde se desarrollan sus ritos sociales y allí los vendes a grupos ya establecidos a los que puedes abordar con ciertas convenciones, o si eres muy poderoso o empecinado o carismático, configuras directamente esos grupos, les das un lugar y les dictas una sensibilidad que estén dispuestos a suscribir. Para dirigirte a esos grupos necesitas etiquetas que los distingan de otros. Y en todo caso necesitas comunidades. Gente con cosas en común.


En algún momento, no sé cómo exactamente, las etiquetas tomaron el control. Propongo na mesa de tres patas: por un lado parecen mayormente desarticuladas las redes de espacios cotidianos para la realización de ese rito social que es la música en vivo (cuyo peso en el imaginario ha disminiudo), por otro vemos que canales tradicionales para la formación de tejido socio-musical (como la radio) están apostando por sostenerse por la pura prosa, con un uso meramente comercial o incidental de lo musical, y finalmente esa naturaleza propia de la internet que pareciera una página de Excel matriushka fractal, en la que las cajitas tienen nombres y rutas y otras cajitas y es muy fácil encontrar y muy fácil perderse.


#Gaitazo

Para colmo de males las disco-tiendas hace tiempo que no existen, las disqueras se desmaterializaron, sin aviso desaparecieron esos monstruos que nos querían etiquetar, como a vacas marcadas y así quedamos cimarrones todos los músicos a la buena de Dios el en la sabana infinita de la internet. Lo que no cambia es que los músicos siempre necesitan público, necesitan comunidad, y la comunidad necesita constantemente nueva música que se adecúe a la cambiante sensibilidad de su ánimo y su identidad. Necesitan crear sus propios cumbes. Así las cosas el poder de convocatoria recayó cada vez más en las etiquetas. Hay un concierto de #Punk, hay un #gaitazo, hay un #templetedesalsa, ven a la matiné de #raptorhause, etc.

Las etiquetas quedaron como lugares virtuales y vagabundos, por ahí, buscando recolectar música y gente para reunirlos en el momento sagrado del placer estético. Las crean los músicos, los oyentes, las acuñan siempre cuidando que tengan su mascarita de # para que se las pueda reconocer entre la multitud de las palabras. Algunas son #joropunk o #jororock o #tuyerock y otras tantas. Las etiquetas nos reúnen, pero ¿qué significan? ¿cuál es el alcance de su validez? ¿a qué apuntan exactamente? Veo venir más páginas persiguiendo a estas preguntas, pisándoles los talones.

Si quieres colaborar también con reportajes, reseñas, escritos y opiniones, envíalas a reyzamurocolectivo@gmail.com